Viernes, 24 Abril 2020 09:40

Reportajes UCO: Versos contra el confinamiento

Escrito por G.C./M.J.P.

“La poesía es empezar de nuevo todos los días. No importa lo que haya escrito antes. Siempre me parece que cuando escribo un poema, empiezo de cero. Es un reto diario”. Quien así habla es Cecilia Silveia, poeta uruguaya afincada en Córdoba desde hace veinte años y alumna del I Taller online de poesía, organizado por UCOCultura y dirigido por el escritor y editor Javier Fernández. Como Cecilia, otros catorce alumnos han decidido transitar en los caminos de la creación literaria, encontrando en la poesía un espacio de libertad en estos días de confinamiento. Hemos hablado con algunos de ellos sobre versos, descubrimientos y el arte de seguir aprendiendo toda la vida.

Cecilia lleva participando en talleres de creación literaria desde hace 10 años. Ya tiene algo publicado, pero no vive de escribir. El pan diario lo gana gracias al asador uruguayo que tiene con su marido y que, obviamente, está cerrado desde que empezó la alerta sanitaria. “Este taller me ha venido muy bien para mi cabeza”, comenta. “Estaba terminando un libro, pero ahora mismo no puedo escribir ni leer. Sé que hay gente que se está nutriendo de esta situación, pero yo solo estoy observando, no puedo escribir. Igualmente necesitaba algo y cuando llegó este taller me apunté porque así me obligo a escribir”. 

No es la única que se aferra al timón de un taller de creación literaria en tiempos de parálisis. “Es normal que la gente que ya ha realizado un taller de poesía o de creación literaria vuelva a repetir. Se enganchan porque es una excusa muy buena para trabajar. Con el taller tienes que hacer un poema semanal como mínimo y además tienes ayuda para corregir los textos”, explica Javier Fernández, escritor y director del taller. El perfil del alumno es variopinto, aunque la mayoría son poetas que están empezando. Algunos, como Cecilia, tienen ya cierto rodaje. Es el caso de Abraham Guerrero, ganador de UCOpoética en la edición de 2018. “Este taller es una oportunidad para que Javier me siga corrigiendo textos, porque en la poesía siempre se está aprendiendo”, confiesa. “Lo que busco es una forma de controlar aún más mi escritura. En poesía siempre se tienen muchas dudas. UCOpoética me ayudó mucho a afianzar el tipo de poesía que quería hacer y por dónde encaminar mi escritura. Últimamente tenía un tema en la cabeza, pero no lograba escribir el poema que quería, por eso me apunté a este taller”, relata. 

Puede parecer sorprendente que un ganador de un certamen como UCOpoética, que ha publicado un libro y ha participado en un festival de prestigio como es Cosmopoética, siga sintiendo la necesidad de acudir a un taller para continuar afianzando su voz. Sin embargo, Javier Fernández nos quita la venda: “La literatura siempre tiene ese síndrome del folio en blanco. Yo soy ingeniero agrónomo de formación. Cuando tienes un problema que resolver, estudias una serie de variables para resolverlo, pero en la literatura no hay solución. Siempre partes de cero, tienes que inventar tanto el problema como la solución. Y además nunca sabes si está bien hecho. Los artistas son siempre muy inseguros, incluso los que tienen los mayores premios literarios. Es eso lo que les mueve a escribir. Si tuvieran claro todas las cosas, no escribirían”. 

Aprender a escribir escribiendo

Hay cierta humildad en esa actitud de continuo aprendizaje del poeta y, gran parte del mérito, lo tiene Javier Fernández y su forma de escuchar y guiar al alumno. “Es súper horizontal y muy cercano. No es nada divo, se toma mucho tiempo para revisar los trabajos. Recibo mucho de sus comentarios”, comenta Cristina Rentería, doctora en Economía, sociología y Política Agraria por la UCO, ex trabajadora de Naciones Unidas en Chile y una de las pocas alumnas sin ninguna experiencia en poesía. “Me llamó mucho la atención que alguien del prestigio de Javier Fernández, que tiene tanta experiencia y renombre en el mundo cultural, impartiera este taller, así que no me lo pensé”, afirma. En esto coincide con Ágora Reix, alicantina experta en educación y que ya tiene un breve poemario autoeditado. “Conocí a Javier en Cosmpoética hace unos años. Su forma de ver y entender la poesía, así como su manera de corregir mis textos, coincidían con la mía. Nadie me había cuestionado nunca como él. Tiene un gran bagaje y un pozo de sabiduría que lo tuve claro: ¡no me pierdo nada de lo que haga Javier!”, sostiene. 

A través de ejercicios prácticos, Javier Fernández les propone un reto semanal que los alumnos tienen que realizar respetando las fechas de entrega. Él les devuelve los textos corregidos y los poetas tienen, a su vez, que afinar el texto siguiendo la guía del maestro y volver a entregarlo. “La evolución de los alumnos es, sencillamente, espectacular. En el momento en que pasan de escribir por sí solos a tener un diálogo con alguien que les guíe y les dé soluciones, ellos responden y los textos que salen en la segunda corrección es increíble”, explica Javier Fernández. Por eso los talleres de creación literaria suelen ser tan exitosos. Cecilia Silveria lo explica así: “El taller es como un disparador. Que me propongan hacer un ejercicio concreto me sirve porque me hace buscar otros caminos que no son los que a mí se me ocurrirían sola. Las propuestas diferentes me ayudan en la creatividad. Los ejercicios de este taller son muy interesantes. Me mantienen al día y no me dejan meterme en aquello que me gustaría escribir, pero me sería más cómodo”. Y, claro, siguiendo las propuestas y siendo disciplinado, surgen cosas inesperadas. “Gracias a los dos primeros ejercicios del taller he descubierto que no hace falta un lirismo impuesto para hacer poesía”, sostiene Abraham Guerrero. Por su parte, Ágora Reix valora el carácter práctico de los ejercicios. “Rodamos desde el primer momento con los ejercicios. Yo estoy descubriendo al lector, pues siempre escrito a modo de diario, para mí. Gracias al taller estoy posicionándolo, entendiendo cómo le llega el mensaje, qué es lo que le llega de mí”, explica. Cristina Rentería, sin experiencia alguna en poesía, confiesa que “estoy descubriendo que me gusta y que me puede gustar más allá de terminar el taller. Para mí, el taller era una oportunidad de explorar la poesía que intuyo va a extenderse. Los ejercicios son muy personales. Son muy introspectivos a la par que te hacen escribir. Una experiencia buenísima que repetiría sin duda, ¡y lo repetiría con Javier!”, proclama.

Y es que la forma que Javier Fernández tiene de tratar al alumno, por muy principiante que sea, es bálsamo contra el divismo. “Una cosa que me gusta muy poco es el paternalismo y la superioridad y que por el hecho de ser joven o de que estés empezando te digan: ya lo harás mejor. ¡Hombre, está claro que lo harás mejor! A mí me gusta tratar a mis alumnos con más respeto. Y tratarlos, realmente, como si fueran poetas consagrados. Por eso yo les exijo lo mejor que pueden dar en este momento. Cuando uno es escritor, siempre se agradece tener un interlocutor de confianza y que tenga un criterio que respetes e incluso que pueda, en un momento dado, poder discutir y estar en desacuerdo. Y que no sea la típica persona de confianza, tu pareja o familia, que siempre te dice que lo escribe es muy bonito”. Dicen sus alumnos que Javier es muy exigente e inspirador. Así es como se recuerda a los buenos maestros.

Poesía confinada vs poesía en libertad

Sería caer en un tópico literario decir que la poesía es un ejercicio de libertad. Quién sabe, habrá poetas a los que encadene. No obstante, algunos de los que participan en este taller de poesía online están encontrando una vía de escape a los confines del aislamiento social impuesto por la alerta sanitaria. Aunque el escritor que viva de ello suele llevar una vida ya de por sí autoconfinada, esta nueva situación, impuesta forzosamente, sitúa a los poetas -como al resto de los mortales- frente a una forma diferente de incertidumbre. ¿Cómo es la creación literaria en tiempos de confinamiento? ¿Se deja ver en los poemas que están naciendo en el taller? ¿Traslucen soledad o angustia? Javier Fernández cree que algo sí. “El taller es una oportunidad de escapar de los problemas, pero varios alumnos han escrito sobre enfermedad, sobre la posibilidad de dar un abrazo, la incertidumbre… A algunos sí les está afectando y algo se trasluce en sus poemas”. Ágora Reix, sin embargo, agradece el confinamiento. “En septiembre me evadí a un pueblecito de Alicante, así que se puede decir que ya llevaba un tiempo confinada”, relata. “No estoy notando que me afecte en mi estilo. Por el contrario, agradezco que me haya dejado un tiempo de creación tan grande”. Abraham Guerrero también abraza esta oportunidad para dedicar más tiempo a lo que más le gusta: escribir y leer. Pero no hay rosa sin espina. “Ha habido momentos duros, porque llevaba todo el año preparando oposiciones y, a falta de dos meses y medio, se han suspendido. Hacer ese esfuerzo tan grande y que ya en la orilla se hayan cancelado sí que me ha generado estrés. He tenido que gestionar la incertidumbre. Es una experiencia nueva a la que no esperábamos llegar”, confiesa, “pero los que no vivimos de la escritura siempre intentamos buscar hueco para hacer lo que nos gusta y el confinamiento es una oportunidad para prolongar este tiempo”. Cecilia Silveira lo enfoca con otra lente. “Estoy todavía sin reaccionar a nivel de escritura, es decir, sí reaccionando en la vida diaria para intentar llevar esto de la mejor forma posible, que es lo que hacemos todos, pero en la escritura aún no. No estoy escribiendo de ningún tema que tenga que ver con lo está pasando ni nada parecido, porque para poder escribir sobre algo lo necesito procesar mucho tiempo y ahora sería imposible. No sé, quizás sale en algún lugar del texto y no lo sé en este momento”, explica. Cristina Rentería lleva un ritmo frenético con el teletrabajo y el cuidado de un niño pequeño. “No sé, quizás soy muy inconsciente. Pienso mucho en el día a día, no en el mañana, no me da tiempo”. Sin embargo, nos deja una reflexión sobre la escritura, sea cual sea el tiempo y las circunstancias en la que se produzca. “Escribir siempre es una manera de respirar, mirar y plasmar lo que sea que tengas en ese momento”.

Sean versos nacidos desde la libertad o desde la angustia, estos jóvenes poetas no temen ponerse frente al espejo. Hasta el 14 de mayo seguirán haciéndolo guiados por la maestría de Javier Fernández. Del 15 de mayo al 25 de junio será el turno de otros 15 valientes. Esta es una de las iniciativas que UCOCultura está llevando a cabo para disfrutar de la cultura desde casa: audiovisuales premiados en Suroscopia, obras de teatro, perfomances, música coral, diálogos entre músicos, danza… y cómo no, poesía, tanto en forma de píldoras poéticas a cargo de consagrados nombres como Pablo García Casado, María Rosal, Angelo Nestore, Begoña M. Rueda o Javier González; como en los poemas resultantes de este taller y que iremos publicando semanalmente. He aquí una primera selección (también pueden descargarse en el documento adjunto).

 

Cecilia Silveira

 AHÍ

Cuatro de agosto de dos mil diecinueve. Once de la mañana. El coche se inclina hacia la derecha, tomamos la salida de la autovía en el kilómetro ciento diecisiete. No hay tráfico. Cruzamos el puente. La gasolinera, el galpón del almacén de herramientas, los primeros viveros. Y los supermercados al por mayor. Seis kilómetros para llegar. Bajo la ventanilla, bebo agua. Flexiono las rodillas hasta que tocan el tablero del coche. Aparecen las plantaciones de fresas. Tierra removida y plásticos amontonados, los soportes metálicos en línea. Dejamos atrás las urbanizaciones. Respiro. Saco el brazo por la ventanilla, la piel se estira. Mi pelo se rebela. Lo recojo en una coleta. Veo pasar siluetas de vacas, ovejas y caballos. Se confunden los pinos y el efecto del sol sobre el agua. Es la marisma. Una línea recorta el campo de visión. No es verde ni azul, es gris y blanca. Busco en mi bolso, encuentro la piedra que recogí el año anterior. Es negra y áspera. La vuelvo a dejar en el bolso. Estamos llegando. Tomamos la última curva, muevo mis dedos dentro de los zapatos. Estacionamos debajo de un pino grande, abro la puerta, piso las piedras. Camino recto, me agacho, me quito los zapatos. La arena seca se adapta al arco de mis pies. A la altura de mis ojos está el mar.                       

                                           

 

Elisa Fernández Guzmán

EL CIERVO Y EL ASFALTO

Volvemos del funeral de mi abuela paterna. Mi padre, mi madre, un familiar al que no conozco de nada y yo, los tres en silencio en el coche. Nadie habla cuando vuelve de un funeral. Veo campos verdes gallegos y gente triste. Está punto de anochecer. Miro por la ventana, cansada de tanto verde y tantas curvas. El coche frena de golpe y el familiar maldice en gallego. Hay un ciervo muerto y dos pivotes rotos en la carretera. Mi padre sigue mudo, y mi madre no para de repetir que qué pena, que qué hacía por aquí el pobre ciervo, en mitad de una carretera, con esos cuernos tan bonitos.

Atardece y mi padre empieza a llorar. Porque qué va a pasar ahora con el coche, con la cena, con la noche tan fría que se nos echa encima. Y la policía, que no aparece. Y esos cuernos tan bonitos sobre la carretera.

 

 

 

Cristina Rentería Garita

NIÑOS MOJADOS

 

Lo que oyes son las cuerdas del huapango. 

Pájaros, mariposas.

El capulín,

La calma corriente

que entrelaza su quinta y su jarana.

 

Todo sucede bajo el cielo.

En los pozos y en los jagüeyes

flota una rana muerta.

Los niños mojados se encogen,

son dos manos, 

dos pies

y una cabeza.

Limpios de inocencia, 

ya nadie paga por ellos, 

nada valen. 

 

La realidad y la ficción fluyen juntas.

 

El colibrí confunde a las moscas.

Los niños mojados enloquecen a los cuervos 

negros, 

carroñeros, 

pero hay tantos

que a plena luz estamos ciegos. 

Sólo los perros, desde la orilla, 

esperan

y los juncos ondean, suaves 

con el agua a la cintura.

 

El arpa, la flauta, el cielo.

El huapango responde a dos voces,

sus alas de aire y montaña, caoba,

te llevan de nuevo

al olvido.

 

Abraham Guerrero Tenorio

RUMBO

Temblaba en mi regazo y yo le acariciaba

el pecho acelerado, la angustia de la asfixia. 

En mis muslos, sus ojos moribundos 

se hundían en los míos, acechándome

con la mirada triste

de quien arrastra a la fuerza

el dolor de la vida. 

 

Y se los fui cerrando lentamente,

con las yemas heladas de mis dedos 

cayendo

sobre sus párpados,

como si mi caricia fuera 

el peso rotundo y sombrío

de una losa de mármol.

 

 Ágora Reix

 

POLIEDRO ILIMITADO

 

“Si desde dentro 

las borrascas devienen 

dan manantiales” 

 

Ocho vértices de mundos paralelos, infinitos. 

Música, pintura, danza, poesía y canto. 

Ilusión, creación y tiempo.

Conexión entre aristas que los unen,

conectan una realidad con otra. 

Caras limpias, blancas minimalistas. 

Trasparencia, grandes ventanales.       

En cada rincón, un pequeño mundo, 

en cada esquina un espacio sideral, 

por las paredes blancas suben árboles, 

ellos humedecen la techumbre, 

caen racimos y alimentan el espacio centro. 

El medio en el vacío, 

alejado de esos ocho costados. 

El baricentro tiene fogata, 

crea movimientos, sonidos, letargos y ensueños.

Simetría serendipia 

en cualquier zona de la habitación. 

Las sombras también existen. 

La nada y el todo girando, girando. 

Toroide en medio de este hipercubo.              

Las vistas tienen luz y un sabor a canela,

desde el levitar de una hamaca,

cada cara columpia al ser 

Junto a un chocolate espeso, 

un olor a vainilla que se consume en vela. 

Van haciendo de este espacio 

hogar, puchero y familia. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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